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Sábado, 27 de mayo de 2017
Verne
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JULES VERNE - UNA VIDA. OTRA FICCIÓN
Joan Manuel Soldevilla Albertí


En la probablemente más importante biografía que se ha escrito hasta hoy sobre Julio Verne (Jules Verne, Anagrama, 1998), Herbert Lottman realiza un detallado recorrido por la vida del célebre novelista. Ameno, exhaustivo y apasionado, el biógrafo estadounidense repasa todos los pormenores de una vida en la que las leyendas y los rumores han acompañado siempre a los datos objetivos. Un detalle curioso: en las cerca de cuatrocientas páginas del libro, Lottman utiliza expresiones del tipo “según reza la leyenda...” “se rumorea que entonces...” ¡en más veinticinco ocasiones!. Verne no es un autor que viviese en épocas remotas, dejó un abundante epistolario, no fue un anacoreta apartado de la sociedad sino que participó en la vida cultural y política de su país, fue un personaje público conocido universalmente en vida en un momento histórico en el que los medios de comunicación de masas empezaban a tener una importancia decisiva. Y no obstante ello, su biógrafo no puede evitar hablar de leyendas, de rumores, de imprecisas informaciones que rodean cualquier evocación de su vida. Como si ésta fuese una ficción más en la que lo real y lo imaginado viviesen en una imprecisa tierra común.





Una biografía real

Jules Verne nació en Nantes en 1828 en el seno de una familia burguesa. Su padre, un importante abogado, orientó la severa educación de su hijo a continuar la tradición familiar y en 1848 un joven Jules Verne se desplazó a París para iniciar los estudios de Derecho. Deslumbrado por la vida cultural de la capital francesa, Verne vio nacer su vocación literaria y hacia ella encaminó todos sus esfuerzos. Inicialmente fue el teatro el campo donde intentó conseguir los primeros laureles pero no fue hasta su contacto con el editor Pierre-Jules Hetzel que su vida experimentó un cambio radical. Fue éste quien confió en 1866 en nuestro autor publicando su primera novela, Cinco semanas en globo, y dando inicio a una impresionante trayectoria literaria que obtuvo el reconocimiento universal de los lectores. Antes, en 1857, se había casado con una joven viuda, Honorine de Fraysse, con quien en 1862 tuvo un hijo, Michel. Se fue a vivir a Amiens, vivió holgadamente merced a sus novelas y se hizo rico gracias al éxito de las adaptaciones teatrales de algunas de ellas. Se compró tres barcos, navegó bastante, nunca fue reconocido por la cultura oficial francesa pero siempre contó con la respuesta entusiasta del público. Murió ciego y célebre en 1905.





Una biografía literaria

Las vidas parecen existir para contarlas, o así al menos nos lo dice Gabriel García Márquez. Se puede decir que Verne nació en Nantes, y eso es una verdad histórica. Pero también se puede decir que nació en una isla, y eso es también una verdad histórica aunque infinitamente más literaria. Nantes, a inicios del siglo XIX, era un importante puerto fluvial de Bretaña; enriquecidos sus armadores gracias sobre todo al tráfico de esclavos, Nantes era una ciudad bulliciosa, efervescente y activa edificada cerca de la desembocadura del Loira en la costa atlántica. La familia de Verne vivía en la isla Feydeau, una amplia porción de tierra que bordeaba el río a su paso por el corazón de la ciudad convertida en un lujoso barrio residencial por la poderosa burguesía; hoy en día la isla, como tal, ya no existe, fue devorada por la expansión urbanística de la ciudad, pero no deja de ser una hermosa predestinación literaria que aquél que habló con pasión de navegantes, náufragos y robinsones naciese en una isla que hoy se nos presenta invisible.
La vida del más grande forjador de ficciones siempre corre el riesgo, o el privilegio, de ser contada como una nueva ficción. Lo real y lo imaginado se entremezclan. A veces lo que se cuenta es una mentira convertida en verdad y a veces es una verdad que parece una mentira; un día de 1886, en un desconcertante rapto de locura, su sobrino favorito, Gaston, sale a la calle con la intención de matar a su tío. Julio Verne queda herido tras los disparos y desde ese día, cojo, se verá obligado a abandonar una de sus grandes pasiones, la navegación. Un escritor condenado a la escritura, a seguir soñando viajes y a no poderlos vivir en su carne, un destino trágico rigurosamente real que parece pura literatura.





Una biografía falsa

Hasta hace relativamente poco, cualquier biografía de Verne se empecinaba en contar como verdadera una anécdota infantil a todas luces falsa. Siendo niño, un soñador Verne se enamoró perdidamente de su prima Caroline; deseoso de mostrarle su talante aventurero y gallardo, se escapó de casa y se embarcó como grumete en un barco pronto a partir hacia exóticas tierras. Su severo padre, advertido de la peligrosa iniciativa de su heredero, salió en su busca pudiendo detener el buque cuando ya se encontraba en los muelles de Saint Nazaire; el retorno a casa, la brutal reprimenda física y el castigo consiguiente quitaron al niño las ganas de volver a repetir la escapada pero constituyeron el germen de un futuro soñador de viajes.
Hermosa historia de predestinación, de resonancias teresianas incluso, un bonito cuento infantil en el que se entremezclan los ensueños sentimentales del romanticismo más almibarado, la imaginería de las novelas de aventuras y la carga moralizante y educativa que a buen seguro habría gustado a muchos lectores decimonónicos de Verne. Una historia ejemplar, pero falsa. Poco ha importado esto a todos aquellos que se han ido acercando durante décadas a contar la vida de Verne. Lo real, lo verdadero, lo inventado, lo soñado... Al final sólo importa lo contado, lo convertido en palabra. Y la vida de Verne parece ser ya eso, palabras, literatura.





Una biografía confundida

La obra ha creado un personaje. Cuando nos acercamos a Verne la desmesura de su producción es tal que no nos sorprende que alrededor de su biografía se hayan generado malentendidos, confusiones, rumores imprecisos e imágenes equivocadas sobre el autor.
Una confusión: Verne fue un hombre que no viajó jamás, que vivió encerrado en su estudio de Amiens con un globo terráqueo y decenas de enciclopedias. Falso. Verne viajó mucho, no tanto como sus personajes -¿por qué tendría que haberlo hecho?-, pero siempre que pudo se embarcó y navegó durante largas jornadas por el Atlántico y el Mediterráneo. Cuando empezó a ser verdaderamente rico lo que hizo fue comprarse diversos veleros -el Saint Michel I, el Saint Michel II y el Saint Michel III- en los que se embarcaba siempre que podía, en los que escribía, con los que iba visitando puertos que le recibían y honraban como lo que era, una gloria universal.
Otra confusión: Verne no fue feliz. Rechazado por un amor de infancia, enfrentado con su padre, incomprendido por su mujer, enemistado con su hijo... Otra verdad a medias. Otra falsedad. Hoy ya sabemos que no hubo amor de infancia, que su padre quizás no entendió su vocación literaria aunque siempre apoyó económicamente a su hijo mientras estuvo en París intentando ser escritor. Que su esposa no era una altiva burguesa que no entendía el genio de su marido sino una buena compañera con la que compartía proyectos vitales y literarios. Que su hijo fue un balarrasa durante muchos años pero que a partir de un momento se convirtió en el más estrecho colaborador del novelista llegando a terminar muchas de sus postreras y póstumas novelas.
Qué hermosa es la imagen del anacoreta encerrado en su celda de trabajo soñando viajes, que romántica la estampa del artista incomprendido que se refugia en el arte. Verne imaginó un mundo y lo regaló a los lectores. Los lectores nos hemos imaginado un Verne y lo hemos regalado a la posteridad.





Una biografía enigmática

Hay muchos aspectos oscuros, enigmáticos, casi misteriosos en la vida de Verne. El editor Hetzel fue quien descubrió el tremendo potencial novelístico de nuestro autor, le orientó sobre cómo debería redactar sus primeros textos, le rechazó algún manuscrito que consideraba poco oportuno, le ofreció un contrato que le obligaba a escribir tres novelas al año... Las condiciones económicas ofrecidas por Hetzel, sin ser abusivas, eran tremendamente más beneficiosas para el editor que no para el escritor y si Verne se hizo rico no fue sólo gracias a los libros vendidos sino especialmente con los beneficios obtenidos por las adaptaciones teatrales de La vuelta al mundo en ochenta días y de Miguel Strogoff. ¿Por qué nunca Verne impuso unas nuevas condiciones económicas más favorables? En un primer momento es lógica la docilidad de nuestro autor hacia su editor, quizás por gratitud o por fidelidad. Pero una vez convertido en el autor más importante del mundo, ¿por qué mantuvo esa relación? Hasta la muerte de Pierre-Jules Hetzel y luego con el hijo de éste, Jules Hetzel, Verne fue siempre un sumiso autor que aceptaba todas las indicaciones de su editor y que acataba las descompensadas condiciones de reparto de beneficios. ¿Por qué?
En la vida de Verne hay muchos enigmas, quizás porque la vida, a diferencia de la novela, no tiene por qué ser coherente y lógica sino que está llena de sinsentidos y despropósitos. O quizás si que hay enigmas o misterios extraños. Cuenta la leyenda -una vez más- que poco antes de morir Verne quemó miles de cartas y de documentos, quizás deseoso de seguir siendo un enigma, y que, aficionado a la criptografía, dejó centenares de mensajes cifrados en sus obras, en su vida, incluso en el monumento funerario que encargó para su sepultura. Quizás fue masón, quizás perteneció a alguna suerte de orden clandestina, quizás, quizás... ¿Existió Verne?
Se cuenta que Edmundo D’Amicis, el autor de Corazón, viajó en 1895 hasta Amiens no para conocer a Verne, sino para confirmar si existía. En Italia se había divulgado el rumor de que Julio Verne no existía sino que este nombre respondía a una extraña factoría literaria que lanzaba al mercado unos cuantos libros al año. ¿Qué hay de verdadero en esta hermosa anécdota? ¿Qué hay de real en Verne?

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